Capítulo segundo
Tragué varias bocanadas de aire para tomar el control de mi ritmo cardíaco antes de acceder a la habitación del hospital donde descansaba mamá. Hice un trayecto muy largo desde casa sin pausa alguna en mi carrera. Limpié el sudor de que resbalaba por mi frente y arreglé un poco mi vestimenta desarraigada. Traqueé suavemente la puerta para no despertarla en caso de que estuviera dormida y accedí lentamente abriendo la puerta. Tal y como supuse, ella no había mejorado y seguía allí tumbada con su rostro algo descompuesto con la enfermedad pero con esa sonrisa suya que la hacía tan angelical. Aun descansando, con los ojos cerrados, no era capaz de relajar la curva que formaba la comisura de sus labios formando ese arco sonriente. Esperaba encontrar una pizca de esperanza en su mejora cuando le diera el amuleto. Ella más que nadie necesitaba un milagro, un ángel de la guarda que la acompañe en su plegaria.
− ¿Mamá? – susurré − ¿Estás despierta?
Ella abrió lentamente los ojos como si le sobrellevara un gran esfuerzo.
− Hola cariño.
− ¿Cómo estás? – pregunté aproximándome a su vera − ¿Necesitas algo?
Se limitó a negar con la cabeza para no malgastar fuerzas mostrando su delicada voz.
− Bueno, sí – se contradijo golpeándose suavemente en la sien con el dedo índice como señal de dolor en la cabeza, aunque en realidad yo sabía lo que quería. Era como engañar a un niño pequeño para conseguir un beso diciendo donde te duele y que con eso se puede curar. Pero yo sabía que buscaba algo más que eso. Algo se amagaba en sus ojos, oculto tras esa sonrisa inocente, casi forzada, que intentaba mostrar siempre. Sabía que buscaba algo de cariño. Si para nosotros, ya de por sí, nos era difícil asumirlo, ¿cómo se debe sentir la persona que ha de cargar con todo ello? ¿Cómo te sentirías cuando sabes que has de abandonarlo todo forzadamente y tener que despedirte? Yo mismo acallé las voces en mi cabeza y me aproximé para darle un ligero beso en la frente.
− ¿Mejor?
− Uy, sí, muchas gracias – mintió grácilmente dedicándome otra de sus sonrisas de esas que te hipnotizan y te hacen sentir bien, lleno de alegría.
Habría querido quedarme así por toda una eternidad, observando su sonrisa desbordante de tranquilidad y felicidad, aun sabiendo que está pasando por momentos tan duros. Podría acabarse el mundo y no prestarle la mínima importancia mientras pudiera seguir hechizado de esa manera, resbalando la mirada por la comisura de unos labios abiertos a la luz de la vida, haciendo frente a cualquier circunstancia con una bella sonrisa.
− Te he traído una cosa, mamá – y eché mano al bolsillo para extraer mi pequeño tesoro, pero ella advirtió enseguida de qué se trataba gracias al tenue sonido que emitió nada más tocarlo.
De repente una extraña atmósfera nos envolvió y mi madre me regaló un bonito guiño que daba confianza y engrandecía aun más su sonrisa embelleciendo su delicado rostro. Dediqué un buen instante a memorizar ese hermoso cuadro que se había dibujado ante mis ojos. No sabría el tiempo que tardaría en volver a contemplarlo pero quería quedarme con esa imagen para siempre.
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