jueves, 5 de mayo de 2011

1. El amuleto

Capítulo Primero

           Escuchaba el sonido armonioso de un tintineo de metales en mi cabeza mientras intentaba recordar donde lo había guardado la última vez. Se repetía constantemente en mi mente como un vago recuerdo que nunca se olvida. Era un sonido celestial, suave y embriagador. Cada vez que mis oídos eran deleitados con su leve armonía, sentía como si en mi interior naciera un sentimiento desbordante de alegría. Recordaba su forma, su tamaño, su color, incluso su sonido, pero me era imposible recordar el lugar donde lo vi por última vez. Me encontraba en una de esas situaciones cuando crees haber visto las cosas en miles de sitios <juraría que lo he visto aquí> y cuando miras nunca está. Rebuscaba entre los cajones, los armarios, todos y cada uno de los bolsillos de mi ropa, las mochilas… Pero no daba con él.

                Advertí alguna lágrima que surtía de mis ojos como señal de lamento. Quizás por  el simple motivo de no dar con su localización ahora que pensaba podría serme de utilidad, o por el hecho de tener a una madre al borde de la muerte. Una visión de su cuerpo tendido en la cama del hospital hizo que sufriera un ataque de cólera extrayendo todo el contenido del cajón de mi escritorio vertiéndolo por el suelo de toda la habitación. Estaba muy enferma y mi impotencia de no poder hacer nada por ella me dañaba en lo más profundo. Y además, la única cosa que podía serme de utilidad la había perdido.

                Me derrumbé a los pies de la cama agazapando la cabeza entre las rodillas. Intentaba controlar el vertido de lágrimas que se derramaban por los brazos entrelazados pero era un acto reflejo que mi cuerpo emitía por sí solo. Respiración acelerada. Pensamientos negativos. La moral más baja que el sótano de una mina. Me sentía desolado. Recordaba las palabras que el doctor le decía a mi padre mientras esperaba sentado en la sala de espera, esa misma mañana después de examinar a mi madre y su reacción de llevarse la mano a los ojos para evitar ser visto llorando como afirmación a su teoría.

                A mis veintidós años de edad, el mundo no podía jugarme esta mala pasada. No podía permitirme perder una madre cuando me disponía a despegar del nido. Sin ella a mi lado perdería el vuelo dándome de morros contra lo primero que se me opusiera. Era un polluelo indefenso incapaz de abrir sus alas. Me sentía tan pequeño… Juraría que no hice nada malo en esta vida como para merecer tal castigo. Un dolor que viviría conmigo hasta el fin de mis días. Una daga en el corazón que recordaría una gran pérdida con cada suspiro que realice.

−¡Mierda! – grité decepcionado −. ¿Por qué tiene que pasarme esto?

                En el interior de mi mente hubo una transición de gratos recuerdos junto a mi madre desde que era pequeño. Me centré que en alguno de ellos aparecía ese pequeño objeto que estaba buscando tan desesperadamente, colgado en la cuna para que sonara cuando ésta se meciera, cuando lo colgamos en la puerta de mi cuarto para cuando entrara o saliera de él,… Sabía que era algo insignificante, y más aun cuando no tienes fe en ello, pero sentía que era un preciado amuleto que ella misma me regaló y ahora era yo quien quería dárselo. Pensaba que si le acompañaba en estos momentos tan difíciles, quizás pudiera nacer una mínima de esperanza.

                Y es en situaciones como esta cuando tiendes a aferrarte a algo desconocido, cuando pides ayuda a lo que no puedes ver, cuando una pizca de fe comienza a brotar desde donde no la hay, intentando buscar una solución, un mínimo de auxilio, un poco de compasión, una respuesta. No está en nuestra mano el poder hacer milagros, y es por ello que te opones a tus creencias y buscas más allá de lo que conoces. Y fue entonces cuando comencé a susurrar palabras a aquel del que desconozco su existencia:

−Por favor, Señor – apretaba mis puños con fuerza como si quisiera dar intensidad a las palabras−, ayuda a mi madre. Ella te necesita más que nunca. No te pido nada para mí, solo que le ayudes a salir de esta situación y que pueda quedarse con nosotros. Ella es una gran mujer. No entiendo que alguien como tú le tuviera reservado un destino tan trágico – ahora apretaba los puños más bien como señal de rabia −. Tú solo ayúdala, por favor, y haré cuanto esté en mi mano para compensarte.

                El rostro de mi madre me acompañó en toda mi petición pero desapareció al percibir de nuevo en mi cabeza el sonido del amuleto, tan enternecedor como siempre, y como si hubiera sido una respuesta inmediata a mi oración, recordé donde estaba guardado. Me alcé con ligereza y subí corriendo al desván. Allí solíamos guardar las cosas viejas y los objetos inservibles, pero yo buscaba expresamente una cajita de puros que conservaba desde pequeño. La encontré llena de polvo junto un montón de libros viejos en una estantería. Sentí como por dentro me llenaba una satisfacción por haberla encontrado. Y más aun al abrirla y encontrarlo allí, pequeño, redondo y recubierto de plata. Mi propio “llamador de ángeles”. Lo extraje lentamente agarrándolo por el cordón de plata que lo sujetaba y lo acerqué al rostro para observarlo. Emitió un ligero sonido con el material que guardaba en su interior esférico y una extraña sensación me envolvió desde los hombros. Ese fue el primer momento del día en el que conseguí sentirme bien y olvidarme de toda aquella situación. Me sentía bien mientras lo observaba como si se hubiera generado una barrera alrededor y me apartara de todo lo malo que pudiera atacarme mental y físicamente.

                En el interior de la caja habían más objetos que me recordaban a mi niñez como un diente de leche, el cual guardé por miedo a que el “ratoncito Pérez” me lo robara, un mechón de pelo de mi primera novia junto algunas cartas suyas donde me mostraba todo su amor, un llavero de mi primera visita a “Port Aventura” en Barcelona, y una foto. La sostuve entre mis dedos mientras dejaba caer al suelo el resto de reliquias que había guardado durante tantos años. Era la mitad de una fotografía en la que podía ver a mi madre, tan joven y guapa como siempre. Observaba su eterna sonrisa, reluciente y sincera como las estrellas, cuya belleza jamás había podido extinguirse. Era capaz de sonreírle a todo, fuera cual fuese la situación. Algo que me habría gustado heredar de ella.

                Al observar la fotografía de mi madre noté como esa sensación embriagadora que me envolvía crecía por momentos como si quisiera cubrirme del todo, tanto como hasta el punto de quererme tocar el corazón y llenarlo de alegría.

                Pero no me entretuve en saborear aquella sensación a la cual atribuí de ser consecuencia del mérito de haber hallado el amuleto por fin y salí corriendo hacia el hospital para entregárselo a mi madre y conseguir verla sonreír de nuevo.

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