Amablemente rechazó mi ofrenda cerrando la palma de mi mano hasta que el puño envolvió el pequeño objeto en su interior.
− Gracias por el regalo, pero no puedo aceptarlo – dijo sin borrar la sonrisa de la cara −. Es tuyo y debes guardarlo tú.
− Pero yo quiero que te lo quedes – dije insistiendo intentando abrir de nuevo el puño que apresaba el amuleto pero ella lo amarraba para evitarlo −, quiero que te proteja.
No respondió pero seguía tan alegre como al principio incluso llegó a soltar una pequeña carcajada. Aunque hubiera rechazado mi regalo, al menos había conseguido mi propósito de hacerla reír. A simple vista diría que notaba algún pequeño avance en su mejoría. Quizás había encontrado ese brote de esperanza en su salvación.
«Esto parece que funciona de verdad» pensé presionando levemente el amuleto. Si el ángel había acudido a nosotros estaba haciendo bien su trabajo pues en todo el tiempo que mi madre estaba ingresada, era la única vez que nos veía sonriendo.
− ¿Por qué no te lo quedas? – le pregunté –. Quizás esto te ayude a mejorar.
− Esto no funciona así, hijo – su sonrisa parecía coger un tono más apagado −. Lo que a mí me pasa es algo más complicado que una simple enfermedad.
− Pero…
− Es cierto que necesito un milagro − debió advertir que estaba a punto de estallar en la desesperación y me apaciguó interrumpiéndome −, pero ese ángel de la guarda es tuyo.
− ¿Qué dices? Lo podemos compartir.
De nuevo brilló su sonrisa como al principio y eso me hacía sentir bien.
− No recuerdas nada de lo que te contaba cuando eras pequeño, ¿verdad? – hizo un gesto invitándome a tomar asiento a su lado en la cama – Cada “llamador de ángeles” es único y personal. El sonido que emite es escuchado en algún lugar por un ángel que viene a proteger a su poseedor. No puede transferirse ni dar a nadie. La unión entre ese ángel y la persona es muy fuerte y éste guardará por su seguridad el tiempo que necesite. Un ángel de la guarda no protege a varias personas a la vez, sino que cuida del poseedor del amuleto como un enlace que tienen en común entre los dos, inseparable, irrompible. El ángel velará por tu seguridad y no por la mía. Es tuyo y no puedes cedérmelo así porque así.
− Pero no soy yo el que necesita ayuda, es a ti a quien tiene que cuidar y quiero que te lo quedes.
− Si alguien que no seas tú toca ese amuleto, el contacto con tu ángel de la guarda se perderá para siempre – explicó volviendo su rostro un poco más serio. Intentaba hacerme comprender algo en lo que no estaba de acuerdo.
- ¡Bobadas! – exclamé decepcionado –. Eso es una tontería.
No hubo comentario por su parte sobre mi exaltación. Se limitó a observarme a los ojos para que intentara razonar un poco. La verdad es que si era yo quien lo había traído hasta aquí debería poner un poco de mi parte en intentar comprender algo que se alejaba más allá de mis creencias, sino no serviría de nada. Si seguía actuando así se daría cuenta de lo poco que creía en esas cosas y no quería entristecerla.
− ¿Y crees que todo eso es verdad? − cedí a mi insensatez y me limité a escucharla.
− Claro que sí, ¿tú no?
Contesté haciendo un mohín con los hombros.
− Todo está en las creencias de cada uno – desapareció su tono severo y se le notaba más relajada mientras me explicaba −. Cuanto más crees en una cosa más posibilidades hay de que ésta sea real. Cuántas personas en el mundo habrán que tengan creencias absurdas para otros pero que siguen haciéndolo ciegamente. El mundo es así, nos aferramos a lo que desconocemos y eso nos ayuda a seguir adelante. Es cuestión de fe.
− Pero eso no dice que sean verdaderas – respondí a su comentario.
− Solo tú sabrás si lo son cuanto más creas en ellas.
− ¿Y tú crees que los ángeles existen?
− Pues claro – soltó una pequeña risotada −. Y tengo la suerte de conocer a uno.
− ¿De verdad? – pregunté intrigado.
− Pues claro hombre – y me abordó en un delicado abrazo −, el más bueno y más guapo del mundo −. Sabía que se refería a mí y me limité a absorber toda la felicidad que se estaba generando en mi interior −. ¿Qué haría yo sin ti?
Y nos quedamos en silencio un buen rato, saboreando el momento. Ambos sabíamos la frase siguiente tras su comentario pero lo que no sabíamos era quién echaría más de menos a quién. No quise romper la situación así que me limité a sentir el débil corazón de mamá entre sus brazos y a oler su suave fragancia a canela que tanto me gustaba. Claro que la echaría de menos, pero me negaba a la idea de que la iba a perder. Puedes querer a miles de personas pero nunca encontrarás un amor que pueda igualarse al de una madre. Pero la tristeza que mamá embargaba en su interior se hacía contagiosa. Notaba con sus débiles latidos cuanto sufrimiento albergaba en su interior, luchando por mostrarles una sonrisa.
− ¿Hay alguna manera de que pueda conseguirte alguno? – quise animarla un poco −. Ahora mismo voy y te compro un llamador de ángeles en alguna tienda.
Me soltó de su abrazo y contemplé en su rostro que algo se me había escapado.
− No todo el mundo tiene un ángel de la guarda, hijo. Hay miles de imitaciones que hacen para sacar beneficio pero solo unos cuantos son únicos.
− ¿A qué te refieres? – pregunté para intentar comprender mejor el significado del amuleto −. ¿Sugieres que son falsos? Entonces no sirve de nada que lo tenga.
− Si el ángel debe estar a tu lado el amuleto se cruzará en tu camino sin que lo pidas. Es el destino – sonreía como si le estuviera contando un cuento a un niño pequeño −. No se busca al ángel, él te encuentra a ti.
− Pero yo no quiero que esté conmigo, quiero que te cuide a ti.
Se detuvo a meditar sus palabras como el profesor que intenta explicar el problema a un niño después de varios intentos fallidos.
− ¿Sabes la leyenda de estos amuletos? − mi expresión debió contestarle −. Los jóvenes de hoy no tenéis conocimientos fuera de los libros que os dan en el colegio. Tanto internet y ordenadores, ¿para qué? No tenéis interés por nada – a pesar de su regaño no parecía enfadada, simplemente aprovechaba mi ignorancia sobre el tema para sentirse importante y me limité a no protestar para que siguiera sintiéndose bien −. Pues verás. Según dice la leyenda, hace muchísimo tiempo, los ángeles estaban en contacto directo con las personas. Ellos habitaban la tierra como todos los seres pero por alguna razón, quizás por la desobediencia de los hombres hacia la ley de Dios o por su dedicación al libre albedrío que les dejó actuar a sus anchas, tuvieron que dejar la vida relacionada con ellos, subiendo a un nuevo plano en el que no pudieran estar en contacto. Los ángeles, dolidos por la separación a la que estaban sometidos, ofrecieron una pequeña reliquia de plata en cuyo interior se escondían unas pequeñas lágrimas plateadas que al ser agitadas emitirían un sonido que sería reconocido por él allá donde estuviera y acudiría en su protección. Y aun sin ser vistos ellos seguirían proclamando su protección. Era tanto el amor que sentían los ángeles por los humanos que fueron incapaces de cortar los lazos que les unían a ellos y les obsequiaron con un amuleto con el cual podrían seguir en contacto.
Pausó unos segundos para contemplar mi reacción. Debí mostrarme interesado pues sonrió y siguió contando. La verdad es que había conseguido intrigarme.
− Cada “llamador de ángeles” tiene un color diferente y un sonido peculiar que es reconocible sólo para cada ángel que acompaña a un humano, aquel que posee el amuleto, y estos se convirtieron en los ángeles guía, o guardianes como los conocemos, que ayudarían a los humanos a encontrar el camino de vuelta a su reencuentro. Solo bastaba con agitar la esfera si se encontraba en problemas o simplemente tristes o desprotegidos y el ángel acudiría en su ayuda. Impotentes de actuar por su propia voluntad, envidiosos de no poseer la libertad que se nos había regalado, no tuvieron más remedio que vigilarnos desde otro lugar ajeno a nuestra visión, deseosos de acudir a nuestro lado cuando fueran proclamados. Cometieron el fallo de ofrecer el amuleto de forma individual para tener un ángel exclusivo y personal, que acudiría a la llamada escuchando su respectivo sonido, propio y reconocible para cada uno de ellos y la condición de no ser transferido a otras personas pues la gente ha ido dejando de lado estas creencias y se ha ido perdiendo la unión que mantenían. Sugirieron que cada llamador sería personal e intransferible para otras personas, lo que ha conseguido que se pierda la vinculación con muchos de los ángeles quedando alejados de nosotros para toda su eternidad. Si el amuleto era tocado por otra persona que no sea la poseedora, la magia se perdía y el ángel dejaba de estar contacto con el humano y en todo caso con la tierra.
Descansó un poco su explicación para beber un poco de agua del vaso que descansaba en su mesita. Comenzó a toser como si se estuviera ahogando y retiré yo mismo el vaso para que pudiera respirar bien. Me puse algo nervioso pero se me pasó al comprobar que no se trataba de nada grave.
− ¿Y por eso no quieres coger mi amuleto? – pregunté interesado pues el tema me había atraído bastante no sé si por la forma en que lo estaba contando o por la simple opción de creer en la veracidad de esas palabras pues necesitaba que un ángel nos ayudara ahora mismo.
− El llamador se cruzó en tu camino y es a ti a quien debe guiar y proteger – respondió acomodándose un poco en su dura cama de hospital.
Observé el amuleto que sostenía en la palma de mi mano, tan pequeño y frágil y tan curioso y enigmático a la vez. ¿Sería todo cierto?
− ¿Y no puedo conseguirte uno? Seguro que hay miles como este.
− Seguro que hay muchísimos como ese – respondió colocando su vista en él. Se quedó pensativa como si estuviera recordando algo relacionado con el amuleto −. Pero solo unos pocos tienen el verdadero enlace con los ángeles.
− ¿Por qué dices eso?
− Las personas se han vuelto avariciosas a consecuencia del consumo y la economía. Buscan cualquier motivo para sacar beneficio de él por lo que han construido ellos mismos imitaciones baratas de estos obsequios para sacar algún dinero con ellos y de la ignorancia de la gente. Los ángeles ofrecieron un número limitado de amuletos que ha ido creciendo considerablemente con el paso de los años. Seguro que solo unos pocos llegan a ser originales.
− ¿Y cómo sabré si este es verdadero? – ahora la duda me corría por dentro −. ¿Cómo sabes que no es una imitación barata si no vemos a los ángeles?
− Todo es cuestión de fe hijo. La mente y el corazón de las personas pueden mover montañas, solo hay que creer en ello – interrumpió su frase tosiendo sin parar hasta que pudo recuperar el control de nuevo mientras le ofrecía un poco más de agua −. Sólo tú sabrás si es verdadero o no. Deberías sentirlo – y siguió tosiendo.
Puesto a que no dejaba de toser y ahora la veía más delicada decidí dejar la conversación de lado por un rato. Después de acomodar su almohada para que estuviera más cómoda y pudiera descansar mejor alcé la esfera de plata en el aire y la agité para escuchar su sonido. Algo dentro de mí deseó que todo lo que mamá había contado fuera real y nos mostrara un poco de ayuda. Quizás la historia había variado con el tiempo y no fuera tan explícita como ella lo había contado. Quizás el ángel podría mostrar un poco de compasión por mamá y ofrecerle su ayuda. No sé si funcionó pero el leve sonido de campanillas emitido desde su interior me llenó de esperanza y de fuerzas para seguir llevando esta situación.
Mamá cerró los ojos como señal de que estaba muy cansada. La arropé con la manta hasta el cuello y besé su frente. Ella dibujó una sonrisa como señal de gratitud. Se le veía agotada debido al esfuerzo que había hecho por mostrarse bien ante mis ojos pero yo sabía que estaba muy delicada así que la dejé descansar saliendo fuera del hospital a meditar, pero no sin antes depositar el llamador de ángeles en la mesita para que le hiciera compañía en mi ausencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario